miércoles, 22 de mayo de 2013

Icarus

Porque mirar al sol siempre había hecho que se le saltaran las lágrimas. Admiración, solía llamarlo. Lo cierto es que ni siquiera él sabía definirlo. Como la joven jinete del ocaso, él también se había acercado al sol, a ese radiante sol que primero quema y luego perdona. Como una mosca al dulce aroma de una cálida tarde de estío. Al enajenador impulso adictivo de una macabra ilusión.

Si lo observo me cegará, si me acerco arderé, y alejarme... Alejarme me llevaría de vuelta a las sombras de las que procedo. No volveré allí. Porque atravesar el cielo en llamas es mucho más hermoso. Porque no puedo dejar de mirar ese sol tras el viento. ¿Por qué mierda me siento así?

No lo sé. No necesito saberlo.

Porque como a él, ese sol me hundirá,
pero aún así, es lo que hace que me mueva.

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