Con frecuencia se pueden ver en las ciudades estas aves grises como el pavimento. Viven entre la polución de los hombres, razón por la que éstos las desprecian. ¿Pero no es admirable que puedan hacer algo así? Esas aves soportan cada día los desechos de un mundo que no comprenden, y sin embargo permanecen ahí, sin importarles que nadie reconozca su esfuerzo, sin importarles que deseen su muerte cada vez que se cruzan a su paso. Las palomas no entienden la economía ni la política. No son conscientes del motivo por el que deben pasar hambre cuando disminuyen los desperdicios de los humanos. En realidad los hombres tampoco lo son, pero se contentan con las palabras de aliento del semidiós al que más idolatren. Palabras que las palomas no pueden escuchar.
Suelen pasar el tiempo en el suelo, buscando entre la acera cualquier cosa que pueda resultar comestible, pero en cuanto alguien se acerca demasiado alzan el vuelo desde cualquier ángulo. Vuelan porque tienen miedo. Porque pueden ver más allá de las intenciones de los humanos. Porque saben que no se les aprecia.
[...]
Extraños los tiempos en los que, como Charles, podíamos ser un albatros.
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