-¿Por qué?
-Por favor, el mío no funciona.
El titiritero recorría la calle con Alice en dirección a un bar en el que nunca había estado. Ciertamente, sabía que su teléfono móvil era absurdamente inútil, de modo que accedió a su petición.
-Dánae y yo tuvimos una vez un perro como ese -explicó la cazadora.
-¿Qué le sucedió? -preguntó dudando Mark.
-Ya no está en nuestra manada.
La respuesta no dio lugar a preguntas, y Mark optó por permanecer en silencio mientras ella tomaba una fotografía del joven perro, de color negro fuego. Despidiéndose de la criatura, Alice continuó caminando.
-Y con esto doy por pagada mi deuda por aquel encargo que Aster no pudo completar.
Faltaban aún unas horas para que Alice tuviera que marcharse. El bar estaba lleno y Mark observaba distraído la decoración, en tonos morados. La cazadora giró su rostro por un instante hacia la mesa de al lado, haciendo un comentario acerca de su conversación.
-¿Qué?
-Nada... es sólo que no me ha gustado esa frase.
-¿Cómo puedes haber escuchado eso? Quiero decir, ¿por qué precisamente eso?
Alice sonrió.
-No se trata de mis oídos. Sí, son superiores a los de un humano, pero en un lugar como este no podría concentrarme en escuchar. Al contrario, es para mí muy difícil concentrarme en algo. Supongo que es una ventaja para una cazadora, ser consciente del entorno, y no de los elementos que lo componen. Soy capaz de oír muchas cosas en esta sala, pero no las escucho realmente hasta que alguna atrae mi atención.
-Oh, he leído sobre esa capacidad. Conan Doyle explicó algo así en una de sus novelas.
Mark nunca hubiera imaginado
que Alice fuese esa clase de persona
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